Querida Madre.
Cuando era pequeña, sabía que nunca me separaría de ti,
pero lo que no sabía, es que, una y otra vez, viviríamos el desenlace de la transición. Mi corazón, me decía: siempre estaré contigo,
mientras que mi mente sufría el pensar en la muerte,
¿donde estaba la verdad?
en mi mente o en mi corazón,
¿cómo reconocerla?
Así fui creciendo.
¡Cuántas noches de niña lloraba ya tu perdida!
mi mente te arrancaba de mi corazón eterno.
Madre mía,
ahora te veo y te sigo, tanto en la cima de la montaña,
erguida como una guerrera de Luz,
como en los pequeños detalles de la vida,
en esa convivencia, sutil, silenciosa, que te caracteriza, ahora todavía más,
te sigo por caminos, tus pies, no muestran cansancio alguno,
se han vuelto ligeros, libres.
Amor que siempre diste sin necesitar de lo material,
amor por amor,
amando desde lo eterno,
siempre desde tu alma libre,
siempre nómada del Universo.
Madre,
voy hacia ti, con la certeza de la eternidad,
ahora sí, ya no soy niña.
Mi corazón y mi mente se han unido en una misma dirección y tú eres la diana.
Amada madre,
ahora se que la muerte no existe,
cruzo ese umbral desde mi consciencia de vida eterna y la comparto contigo,
madre,
madre mía,
te amo...
sencillamente te amo...
maa